
Es claro, tú eliges, seguir cantando un siglo con ella o aullar en la eternidad conmigo. Mirar hacia arriba o hacia abajo, elevarte con un soplido de incienso o inyectarte mi droga y arder en los subterráneos tugurios del infierno. Quizás no es tan claro, pero los suspiros te desgarran cuando estás dentro de mí y apenas te estremeces suavemente cuando ella te tiene, piénsalo. Con las muñecas laceradas te desangras por querer ahorcarme en el delirio orgásmico de nuestras miradas, de tus ojos como aceitunas, de los míos como avellanas. Te asfixias por querer besarme en el clímax del fuego, por tocarme insinuando que no hay otras manos que me hagan lo mismo. Inocente te crees el único entre mis muslos y derramas tus entrañas cual confiado marido. Tú eliges, las calmadas aguas del lago cristalino donde mecido por la cadencia de la brisa te duermes o el turbulento mar enfurecido en que se te destrozan los nervios por el éxtasis inacabable. No hay terceras opciones, ni rumbos intermedios, tomas mi cuerpo y te desvelas enfermizamente toda tu vida para amarme o vas sumiéndote en el tedio de tafetanes celestes y cuellos almidonados. Te ofrezco la muerte, exijo tu alma, sin medidas entrego y callado obedeces, te dejas volar por el torbellino, arrasar por las mareas y golpear por los relámpagos, pero sacias tu sed como romano en día de fiesta, abres tus venas y cambias la sangre por alcohol, recibes un aliento gélido que conserva tu cuerpo intacto, dispuesto como amante, que te devuelve a tu estado primigenio, olvidando tus grandilocuentes palabras y tus modales de señorito, explotando como florecer de amapola esos instintos olvidados, esas necesidades disfrazadas, esa violencia acostumbrada.
¡Claro! Diáfano y transparente, cándido, ingenuo, inocente y angélico. Si está claro puedes entrar al templo, pero ¡Terrible! Sórdido y confuso, maldito, pérfido y miserable, si no decides ahora, entras al averno sin voluntad condenado a mi cuerpo.
¡Claro! Diáfano y transparente, cándido, ingenuo, inocente y angélico. Si está claro puedes entrar al templo, pero ¡Terrible! Sórdido y confuso, maldito, pérfido y miserable, si no decides ahora, entras al averno sin voluntad condenado a mi cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario