
Se llama culpa, te la presento. La estoy sintiendo ahora escurrirme el cuerpo, conminándome a vomitar y a odiar el aire que me mantiene viva. Se llama culpa, no se acaba con el perdón ni con el silencio, la estoy sintiendo erizarme la piel. Persigue, tortura, asesina y la agonía es tan lenta que te hace inconsciente, con ella abrazada voy caminando al rincón oscuro. El espejo infinito refleja un rostro culposo, un cuerpo culposo y manchado, que no recuerda dónde perdió la voluntad, el espejo me grita y no sólo ahorca mi cuello hasta dejarme muda, porque no hay palabras de satisfacción cuando se es responsable. Se desdibujaron las sonrisas de ayer, la invasión de la culpa llegó hasta la médula de mi alma, la invasión del odio, mi odio expansivo. Está carcomiéndome el odio, el supremo y divino odio, grande, magnífico, ingente y doloroso odio. Por el pasado, por los “pudo ser” y por todo lo que se ha perdido de mí en este camino no trazado y cuesta arriba. Las sonrisas se quedaron afuera del espejo, la infinitud me ha tragado, me caigo en estas mismas letras cuando ya ni siquiera siento amor por ellas y pienso que son inútiles.
