lunes, 7 de mayo de 2012

Otro reguero de cabos sueltos


¡Óigame, compañero!
yo no le tomé la mano
no le besé la frente,
como las palomas
que recogen migas,
yo no le picoteé los huesos.

Si yo le digo, compañero,
que me oiga
es porque usted me ve
como si tuviera la sangre trasparente
pero no se traga estas excusas que le invento.

Si le digo: ¡compañero!
es porque es eso,
yo no le he tocado los labios
pero le abrí el alma
para decirle que tengo miedo
y si le abrí las piernas
fue porque no lo encuentro a usted
en la superficie
porque quería que nos ahogásemos
para hallarle en la esencia,
contarle en el otro mundo
que también a usted lo veo
con los ojos del arrullo
del desvelo
del sueño
del ser.


¡Compañero, óigame reclamarle!
que me tiene florecida la carne
y desarmada para esta guerra
en que no sé ya si rendirme
o dejarle que me mate de una vez.
Le abrí las fúlgidas puertas
y se quedó entumecido en el umbral,
enrolladito en el sofá
como mi gato perezoso
esperando no sé qué.

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