lunes, 14 de mayo de 2012



El maldito sol que le había desgarrado
abrió los manjares carnales
con su lanza de pútrida herencia
y vació para las aves
las entrañas del cadáver ultrajado,
no llegaron los zorzales ni ruiseñores
tampoco la paloma libre ni el queltehue
-alma de las madrugadas frías-
llegó el buitre enlutado, listo siempre
para el funeral abyecto y profano
preparado, para con las viudas, saborear el cuerpo.

Deshizo al muerto que pudo ser llorado:
desgarros de rojos trozos de muerto
aromas de sangre ferrosa del muerto
gajos, ojos, jirones, despojos
muerte que retumba en los rincones.

No le importó al buitre que el hombre
-con sus enormes ojos de muerto-
lo mirara llevarse sus tripas en vuelo
ni que usara sus huesos para tañer
la canción del desesperado rito.

Iba a ser terriblemente llorado ese muerto
con saladas lisonjas habría sido bañado
plañidos sujetos a lenguas proferidos
y llenada la boca de tierra fértil y lombrices,
le habrían crecido geranios en los ojos
y moriría mil veces ahogado por el agua
que regaría su cuerpo escondido.

Porque todos quieren llorar al muerto,
pero nadie quiere verlo;
sólo el buitre se atreve a mirarlo
luego de reventarle de un picotón las pupilas
nadie quiere ver la pudrición de su carne
y aún así se le llora por siglos,
se le llora mientras florecen los miembros nauseabundos
y se subvierte la naturaleza del hombre invencible
que ve desvanece, pálido, en la arena del tiempo
tragado por la negra bestia absurda,
descerebrado por el hambre primitiva.

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