El
maldito sol que le había desgarrado
abrió
los manjares carnales
con
su lanza de pútrida herencia
y
vació para las aves
las
entrañas del cadáver ultrajado,
no
llegaron los zorzales ni ruiseñores
tampoco
la paloma libre ni el queltehue
-alma
de las madrugadas frías-
llegó
el buitre enlutado, listo siempre
para
el funeral abyecto y profano
preparado,
para con las viudas, saborear el cuerpo.
Deshizo
al muerto que pudo ser llorado:
desgarros
de rojos trozos de muerto
aromas
de sangre ferrosa del muerto
gajos,
ojos, jirones, despojos
muerte
que retumba en los rincones.
No
le importó al buitre que el hombre
-con
sus enormes ojos de muerto-
lo
mirara llevarse sus tripas en vuelo
ni
que usara sus huesos para tañer
la
canción del desesperado rito.
Iba
a ser terriblemente llorado ese muerto
con
saladas lisonjas habría sido bañado
plañidos
sujetos a lenguas proferidos
y
llenada la boca de tierra fértil y lombrices,
le
habrían crecido geranios en los ojos
y
moriría mil veces ahogado por el agua
que
regaría su cuerpo escondido.
Porque
todos quieren llorar al muerto,
pero
nadie quiere verlo;
sólo
el buitre se atreve a mirarlo
luego
de reventarle de un picotón las pupilas
nadie
quiere ver la pudrición de su carne
y
aún así se le llora por siglos,
se
le llora mientras florecen los miembros nauseabundos
y
se subvierte la naturaleza del hombre invencible
que
ve desvanece, pálido, en la arena del tiempo
tragado
por la negra bestia absurda,
descerebrado
por el hambre primitiva.
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